Los doce trabajos de Hércules

Título: Los doce trabajos de Hércules
Adaptación: Julián Martínez Vazquez
Ilustraciones: Pablo Sebastián Fernández (en blanco y negro)
Editorial: Estrada
Colección: Azulejos
Serie: Naranja (niños)
Primera Edición: 2009
Lugar: Argentina
ISBN: 987-950-01-1014-3
Edición: rústica
Dimensiones: 19cm x 14cm
Páginas: 96
 

Índice: Los mitos griegos - p. 4 / ¿Quiénes eran los héroes? - p. 5 / El autor de esta versión - p. 6 / Los doce trabajos de Hércules / El nacimiento de Hércules - p. 9 / De aquí para allá - p. 17 / El castigo - p. 25 / El león de Nemea - p. 29 / La hidra de Lerna - p. 35 / La cierva y el jabalí - p. 39 / Los establos del rey Augias - p. 45 / El toro de Creta y las aves del lago Estínfalo - p. 51 / Las yeguas de Diomedes - p. 59 / El cinturón de Hipólita - p. 63 / Los últimos trabajos de Hércules - p. 67 / Deyanira - p. 75 / El final de Hércules - p. 81 / Actividades / Para comprender la lectura - p. 90 / Para escribir - p. 92 / Para integrar - p. 93.

El subtítulo de esta edición es "una versión para chicos del mito clásico". Y eso es, sin duda, lo  que ha logrado hacer, con talento y humor, Julián Martínez Vazquez al narrar la vida de Hércules, desde el momento mismo de su gestación, triquiñuela de Zeus incluida, hasta su muerte, por la astucia de Neso y la ingenuidad de Deyanira. El léxico de la obra es bastante sencillo, no obstante, hay también notas al pie destinadas a orientar al pequeño lector sobre el significado de ciertos términos: Olimpo, embelesado, Perseo, inhóspito, Hermes, Vía Láctea, profecía, Ártemis, Hiperbóreos, néctar, Poseidón, reses, Atenea, címbalos, Gádira, Hades, centauro y elixir. Las ilustraciones de Pablo Sebastián Fernández acompañan el tono humorístico general de la narración, y, en ciertos casos, como en el de los címbalos, ayudan también a comprender algunos aspectos léxicos del relato. Las actividades del apartado final del libro tienen que ver con la naturaleza escolar de la colección "Azulejos" de la editorial Estrada: son prescindibles y, con toda seguridad, si algún docente elige leer este texto en el marco áulico, estará en condiciones de proponerle a sus alumnos ideas aún mejores para trabajar a partir de él. 

FRAGMENTO
Los últimos trabajos de Hércules (pp. 67-73)
  
    Dos trabajos más le encargó Euristeo a Hércules: ir a buscar los bueyes de Gerión y, luego de eso, robar las manzanas de oro del jardín de las Hespérides.
    No crean que fueron fáciles estas dos aventuras.
    Gerión, el dueño de los bueyes, resultó ser un gigante de dos espaldas, tres cabezas, seis brazos y seis piernas. Como si todo esto fuera poco, vivía lejísimo, en el golfo de Gádira.
    Por otra parte, las manzanas de oto estaban custodiadas por un terrible dragón de cien cabezas. Pero lo peor era que nadie sabía indicarle correctamente a Hércules dónde se encontraba el famoso jardín de las Hespérides. Solo con la ayuda del gigante Atlas, el que soporta sobre sus hombros el peso del mundo, pudo conseguir el héroe las manzanas. A cambio, tuvo que reemplazarlo en su tarea durante unas horas. No es cosa fácil sostener el mundo, hay que estar bien entrenado...

* * *

    Cuando regresó a Micenas, después de estas difíciles pruebas, se encontró cara a cara con Euristeo.
    –¿Algo más? –le preguntó, con expresión de pocos amigos.
    Euristeo, que no podía entender cómo Hércules seguía con vida, se puso totalmente pálido. Si alguien hubiese sido capaz de leer sus pensamientos en ese instante, habría leído la siguiente pregunta: "¿Cuál es la tarea más difícil y más mortífera que se le puede encargar a un hombre?".
    Como Euristeo tenía verdadero talento para las maldades, enseguida se le ocurrió la respuesta:
    –Sí, primo... Un favor solito, y no te molesto más... ¿Viste que en el infierno dicen que hay un perro espantoso, con tres cabezas? Bueno, esteeee... Siempre tuve curiosidad por verlo... ¿No me lo traerías?
    El héroe abrió los ojos con preocupación. ¡Ningún hombre había podido entrar en el infierno con vida y después salir...!

* * *

    Hércules se dirigió a la ciudad de Ténaro, pues ahí cerca se abría una de las bocas del infierno. Para entrar, necesitó la ayuda de Hermes, el dios de los viajeros.
    Días y días anduvo bajando por un pasadizo que se hundía en la Tierra, hasta que llegó al lugar donde habita el terrible dios Hades y conviven las almas de todos los muertos.
    Los fantasmas huían espantados al notar que un hombre vivo caminaba por sus dominios. Todos los fantasmas, menos el de Meleagro, un hombre muy valiente que había muerto unos meses atrás. Se acercó a Hércules con ganas de conversar: era un entusiasta conversador y los otros muertos lo evitaban.
    –¡Hola! –lo saludó el fantasma. –¿De dónde eres?
    Hércules no estaba de humor, pero fue respondiendo con bastante amabilidad a las preguntas. En seguida, el fantasma de Meleagro se puso a hablarle de su hermana.
    –Tienes que conocerla. Es hermosa. Un poco sencilla de pensamiento, ¡pero encantadora!
    La verdad, Hércules no estaba con ánimo de charlar. Así que decidió cortar por lo sano:
    –Sí, seguro. Debe ser divina tu hermana... Pero yo me tengo que ir –dijo, y aceleró el paso.
    –Se llama Deyanira...
    Por suerte, la voz del fantasma Meleagro fue perdiéndose entre las sombras. Era un verdadero pesado ese espíritu.
    Al llegar a la puerta de la ciudad de los muertos, Hércules recibió terribles amenazas nada menos que de Hades, el mismísimo dios de los infiernos. Pero, como el héroe estaba impaciente por terminar con sus trabajos, disparó su arco e hirió al dios en el hombro. El pobre Hades sintió bastante dolor y cambió de actitud.
    –Bueno. Te presto el perro... pero por unas horas, nomás.
    Autorizado a pasar, Hércules siguió su camino hasta que se encontró frente a frente con el horroroso perro de tres cabezas.
  
 
    El monstruo, que se hallaba de pésimo humor –como suelen estar todos los monstruos– le tiraba tarascones cada dos segundos. Hércules no se asustó: después de la aventura de la hidra, estaba muy bien entrenado para esquivar ese tipo de ataques, así que apenas recibió un par de rasguños. Nada de importancia.
    Encadenó al furibundo perro de los infiernos y lo llevó a la rastra hasta las murallas de Micenas.
    Cuando el cobarde de Euristeo divisó a su primo que se aproximaba con semejante criatura, se puso a temblar como nunca en su vida.
    –¡Qué bien! –gritó desde arriba de la muralla. –¡No es necesario que te acerques más, querido primo! Puedes llevarte ese lindo perrito de vuelta al infierno. Ya lo vi bastante. Es muy lindo el pichicho. ¡Ah! Y no te molestes en volver. No tengo más favores que pedirte. ¡Suerte! Saludos a la tía Alcmena.
    Y así fue como Hércules se libró por fin de su insoportable primo Euristeo.
    Devolvió el perro de tres cabezas al lugar de adonde lo había tomado prestado y salió corriendo del infierno. No fuera a suceder que lo dejaran encerrado con los muertos.
    Por primera vez, después de diez años de estar al servicio de su primo, se sentía al fin un hombre libre.
 

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